domingo, 10 de abril de 2011

¡Qué pena este trabajo!

El dicho dice que el trabajo no es deshonroso, ¡Qué va! Eso lo dicen para dar ánimos, pero nadie quiere caer en ciertos oficios que lo dejan a uno como digno discípulo griego, filosofando en la frase: “Conócete a ti mismo” y concluyendo que ese ‘trabajito’ definitivamente no te lleva a la felicidad.


Sí, esta nota hablará de aquellos oficios que un ‘don nadie’ ha tenido que realizar simplemente porque la vida lo puso ahí. Y sin querer la lista se ha hecho amplia:

Dame un chance de probar

Hay que ponerse en los zapatos del otro para poder vivir lo que siente y piensa esa persona. ¡En quien carajos estaba pensando cuando se me metió en la cabeza querer vender chance!
Todo ocurrió cuando tenía seis o siete años. A dos casas de la nuestra había una tienda, donde una señora llamada Carmenza sacaba un cajón, que le servía de miniescritorio, y una butaca a la entrada del local, todas las tardes, cuando el reloj marcaba las cinco. Ella dentro de su cajón tenía talonarios de chance, que a veces eran de papel amarillo o verde o rojo, y papel carbón cortado al tamaño de las libretas. Sí, eso resultó ser más atractivo que el Atari, que el tin tin corre corre, que el rejo quemado. Ese fetiche de ver esos talonarios era un nirvana que, hoy en día, no logro entender por más que consulto el “Conócete a ti mismo”.

La obsesión llegó al punto de que inventé mis propios talonarios y creo que por esa locura, mi mamá decidió dar el paso ‘mortal’. Ella pensó que por qué no, qué buena idea sería que yo tuviera un talonario de verdad, avalado por Sonapi o Conapi o la que controlaba las loterías en ese entonces. Pero claro, lo mío era un juego, una fantasía, un estado ideal donde no había dinero ni un responsable a quien entregarle el producido diario. ¡Mamá te tiraste el juego!

Ahora todo era real, yo tenía un talonario en mis manos y por el que cada noche debía responder con un mínimo de dinero, como parte del trato para poder vender chance. ¡Qué desastre! ¿Yo salir a la calle a decirle a cualquiera que si iba a jugar el chance? ¡Nooo… en qué diablos estaba metido!

Ese ‘cocinado’ terminó como debía: Mal. Obvio que el juego del chance ya no era mi juego y apenas si lograba que dos o tres parroquianos lo compraran. El resto, para completar el mínimo, era ‘pan comido’ para mí: sólo tenía que poner a jugar a mi mamá y a mi papá y listo… Y en la peor de las noches cuando no ‘bajaba el banderazo’ pues la solución era mucho más fácil, hacía que mis papás jugaran doble o le subieran el monto a su apuesta y prueba superada…

Total, ese ‘negocio’ no le funcionó a mi mamá. Después de tantas apuestas ni la ‘pata’ se ganó y sí terminó poniendo más plata de la que le entró. Más pronto que tarde terminó devolviendo las cositas y sacándome de esa pena, que alcanzó a durar unas cuantas eternas noches.

¡Aprovecha la ventana!

Ya estando en el clímax pubescente llegó a mi vida otro tablazo que me devolvió al Oráculo: “Conócete a ti mismo”. Me había graduado del colegio y se suponía que iba a empezar a disfrutar de seis meses de descanso. Sin madrugar, sin libros, sin tareas, sin nada para presionar mi cerebro, antes de empezar a estudiar en la Universidad. Pero no contaba con mi madre. Ella decidió que la ventana de su local podía darle dinero extra a su negocio principal.

Por eso, con ingeniería y arquitectura cuasiprimitivas, ayudada de maderos, unos cuántos triplex y bastante puntilla, aisló el espacio de la ventana del resto del local. ¿Para qué? Para vender ¡Obleas! Y ¿Quién terminó aislado en la ventana vendiéndolas? Esta sí que no era mi fantasía, ni fetiche, ni nada; fue desde siempre una pesadilla de la que no pude huir.

Resulté durante un buen tiempo, detrás de una ventana, frente a un montón de obleas, donuts y dulces para darle variedad al nuevo ‘hit’comercial. Allí no tenía que andar gritando: “¡Obleas, obleas, ricas las obleaaas!” No, por fortuna. Pero tampoco era el negocio más fructífero como creyó inicialmente mi mamá. Incluso, algunos productos como las donuts teníamos que comérnoslas antes de que se dañaran porque se llegaba la fecha de vencimiento y seguían ahí tan campantes, decorando la vitrina sin ser vendidas.

Claro, el trabajo no es deshonroso, pero qué ganas tengo de oprimir ‘Suprimir’ y dejar de confesar la ‘dulce’ aventura.

Entrando al cartel

Años más tarde, cuando me salió el pasaje para Australia, también llegó el Dorado de mis ‘honrosos’ oficios. Apenas tenía dos semanas de haber aterrizado en el ‘rabo’ del mundo y una llamada prendió el sinfín de experiencias que nunca dejarán de ponerme rojo como tomate. Mi primer trabajo en Australia fue al fondo a la derecha: El baño. De una y sin anestesia. A ponerse la camiseta de ‘cleaner’ y a limpiar baños de oficinas. Y mi yo interior, de nuevo al Oráculo: “Conócete a ti mismo”… Claro está que esta es una experiencia muy común y muchos lo dicen: “Me voy al exterior así sea a limpiar mierd… pero a ganar en dólares”. Yo nunca lo dije, nunca me ofrecí, nunca pasé hoja de vida (¿para qué si nunca había sido aseador?) Pero esa llamada apareció y al famoso cartel de ‘cleaners’ me metió.

Quizás lo más extraño de este trabajo es tener que aguantarse el entrenamiento. ¡Sí, le enseñan a uno a distinguir el cepillo de limpiar la taza del plumero! ¡No querrán ver el plumero untado de mierd…! Y por supuesto, una vez adentro del cartel, el tiempo te da la posibilidad de probar baños de todas las clases, colores, olores y sabores… baños de hombres, con orinales tan gigantes como el apocalipsis; de mujeres, perfumados y llenos de toallas usadas; de discapacitados con orines como si fuese expulsado en rociador; de centros comerciales, donde uno tiene que dejar el testamento por si no sale vivo de ahí… En fin, esa es apenas una de las tareas del kit de aseador. Lamentablemente para mi honra, lo de ‘cleaner’ sí que duró, hasta diploma me alcanzaron a otorgar como parte de mi carrera en el mundo de la asepsia.

"Haga lo que sea"

Como cualquier rebelde que quiere salir del cartel, también intenté otras cosas, entre ellas, ser mesero. La agencia que creyó que yo era bueno, cierta ocasión me enlistó en un evento corporativo. Tenía que servir en una fiesta de empresa. Hasta ahí todo suena pasable, sin embargo, cuando el chef de aquél evento empezó a delegar funciones, por cosas de la vida me dejó de último, por eso no supo qué ponerme a hacer, porque todo ya lo había entregado. Como resultado, me apodó: ‘Mr. Whatever’, en otras palabras yo haría de todo.

Y ese de todo traía un moño gigante: En la fiesta se iba a repartir helados en neveras de Icopor (corcho blanco es el nombre común por fuera de Colombia), colgadas en el pecho. Pero como todos ya tenían sus funciones, entonces ¿A quién le tocaba colgarse la neverita y salir a gritar: “helados y conos”? Cuando me vi en esas, de nuevo consulté el Oráculo: “Conócete a ti mismo”… En el instante que se abrió la puerta para que saliera al salón de los invitados, fue como si todos me hubieran hecho calle de honor mandando al gladiador a las fauces de los leones.

Para colmo era una fiesta, por lo tanto el ruido era de locos y no me podía devolver a la cocina hasta que entregara el último helado. Por obvias razones, mis primeros intentos fueron como atreverse a gritarle a Dios, me salía voz de pollito… ¡y la nevera repleta! Después de un rato, cuando ya estaba más que anestesiado, cuando ya había entendido que eso de que todo trabajo es honroso es pura excusa… cuando ya había desocupado la nevera, regresé a la cocina y ¡oh sorpresa! El chef le tenía a Mr. Whatever un par de neveras más, listas para lucir en mi honroso pechito…

Bandeja llena

Ser mesero es un oficio que hay que sentir y creer. Si uno no cree y siente el oficio, mejor ni meterse. Sólo dos veces en mi vida pude con la terrible prueba de cargar tres desgraciados platos. La primera, increíblemente, el día en que la agencia me contrató (estaban vacíos y fríos, he ahí la razón) y la segunda cuando tuve que cargar unos platos de postre. Además de los tres platos, hay que pasar la prueba de la bandeja llena de copas y hacer equilibrio en medio de gente que parece los explosivos de un campo minado.

En cierta ocasión, estaba ejecutando el desafío de la bandeja y me acerqué a una mesa donde había un par de sujetos tomando cerveza. Yo iba a retirarles las botellas que habían desocupado, pero no contaba con que mi brazo, que sostenía la bandeja, se rebelara y me recordara lo del Oráculo… Perdí el equilibrio de la bandeja y una de las copas se volteó y un poco de vino blanco fue a parar en el pantalón de uno de estos sujetos.

¡Momento de tensión! ¡Pánico! ¡Nervios! ¡Angustia! No. Cuando el vino se derramó sobre su pantalón, él lo único que hizo fue mirarse, extendiendo sus brazos como Cristo, respirando como un toro, sin decir una sola palabra… Yo sólo esperaba que este señor se levantara, me mirara, apuntara y sacara su mejor gancho de derecha y me ‘agradeciera’ por la torpeza. En menos de un segundo me preparé para salir a masajearme la quijada en mi casita. Por fortuna, el otro sujeto empezó como árbitro a manejar la situación y me obligó a ir con mi supervisor a que autorizara tragos gratis para esa mesa. ¡Otra vergüenza más! ¡Mi supervisor se tenía que enterar!


Esa noche no me echaron, pero entendí que ese oficio no era lo mío. El Oráculo tenía razón. En mi familia he tenido que presenciar otra cantidad de oficios que rebozan mi ‘penosímetro’, afortunadamente para mí han sido indirectos, no me ha tocado exponer mis carnitas y huesitos vendiendo pólvora, pasteles, chunchullo, porcelanas, huevos a domicilio, sostenes de catálogo, entre otros. No sé qué más me toque hacer el resto de mi vida, pero eso de que ningún trabajo es deshonra, es pura excusa barata de alguien que seguramente también tuvo pasar por esto.

Twitter: @alejodiceque

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